1. En mi infancia, mis emociones solían ser ignoradas, minimizadas o castigadas por quienes me cuidaban (por ejemplo: “no llores”, “eso no es nada”, “estás exagerando”).
2. Sufrí abuso físico o emocional durante la infancia o la adolescencia.
3. Sufrí abuso sexual durante la infancia o la adolescencia.
4. Mi entorno familiar era inestable (padres con problemas de salud mental, separaciones, conflictos intensos, abandono).
5. Mis cuidadores oscilaban entre el cariño excesivo y el rechazo/castigo arbitrario — nunca sabía qué esperar.
6. He usado (o uso) conductas como autolesiones, abuso de sustancias o atracones para aliviar el dolor emocional.
7. Me cuesta muchísimo manejar frustraciones o situaciones estresantes — siento que voy a “explotar” o “desmoronarme”.
8. En momentos de estrés, me he sentido “desconectado/a” de la realidad, como si estuviera soñando, fuera de mi cuerpo o dentro de una película.
9. Mis relaciones son intensas e inestables — idealizo a las personas y luego las desvalorizo rápidamente.
10. Tengo un miedo intenso a ser abandonado/a, incluso si ese abandono solo está en mi imaginación — y reacciono de forma desproporcionada.
11. Mi autoimagen es confusa o inestable — cambio de opiniones, valores, metas o apariencia con frecuencia, sin un “yo” coherente.
12. Siento un vacío persistente por dentro, incluso cuando estoy rodeado/a de personas o haciendo actividades.
13. Me cuesta controlar mi ira — mis reacciones son intensas, repentinas y a veces me asustan a mí o a los demás.
14. He tenido pensamientos, amenazas o actos suicidas o de autolesión como forma de manejar el dolor emocional.
15. Mis síntomas ya han interferido significativamente en mi vida escolar, laboral o social.
16. Me han diagnosticado incorrectamente con otros trastornos (como depresión, trastorno bipolar, TDAH) antes de entender mis patrones emocionales.
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